Contador y Pantani en el mundo de los mitos.

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El Contador del fracaso pesará más que el Contador amarillo, rosa y rojo. Nadie recuerda a Pantani de amarillo y rosa. La retina guarda el maillot del Mercatone Uno, el del sufrimiento, el de las locuras.

Marco Pantani es como la Holanda de Cruyff: en cuanto a títulos, su historial deja muchísimo que desear teniendo el cuenta el potencial que con el que contaba, pero nadie se ha podido olvidar nunca de ellos y se les sigue ensalzando como parte esencial de cada uno de sus deportes. ¿Qué ganó aquella Holanda? Absolutamente nada. Perdió dos finales de Mundial y en la Eurocopa ni siquiera alcanzó ese último partido, pero la admiración por su fútbol y la creación de una escuela heredada por decenas de entrenadores y futbolistas sigue vigente hoy en día, más de 40 años después. ¿Qué ganó Pantani? Así, importante, un Giro y un Tour. Y es el mayor mito ciclista.
Alberto Contador ahora sí que ya no corre más. Dijimos todos muy alegremente, siguiendo sus indicaciones, que la última vez que se iba a montar sobre una bicicleta para competir era en la Vuelta a España. Un final de leyenda, en casa, recibiendo el cariño de la gente. Claro que cuando se hablaba de tal elegante despedida se olvidaba que había que pasar por caja. Unos criteriums en el lejano oriente para llenar el bolsillo antes de marcharse estaban programados en su calendario, no podía perder la oportunidad. Después de eso, se ha pasado por ‘La Gazzetta dello Sport’ y ha comentado algunos detalles de su carrera.

Cuando a Alberto se le cuestiona por quién era su inspiración mayor, nunca duda. Marco Pantani. No se lo dijo a La Gazzetta porque fuera un medio italiano y buscara quedar bien ante los lectores del periódico rosa. Lo cree de verdad. Siempre lo ha dicho. Es Marco. El Pirata. El mito. La leyenda. No dijo Indurain, no comentó que quisiera ser como Perico, ni como Hinault o Merckx. Podía haber repasado el listado de los más premiados en la historia del ciclismo y elegir al que más le gustase, pero prefirió orientarse por otras variables, más allá de los maillots y copas que guardan en casa esos corredores históricos. Eligió a Pantani porque es como él.

Ganó un Giro y un Tour, pero para la gente era como si hubiese ganado 5 Giros y 5 Tours”

“A Marco lo veía en la tele y luego lo estudié en vídeo. Me encerraba en casa a ver las carreras y de Marco me esperaba cualquier cosa en cualquier momento. Con él siempre podía suceder cualquier cosa, incluso un ataque kamikaze desde lejos. Era muy emocionante. Un día perdía 3-4 minutos en una contrarreloj y el día siguiente lo intentaba recuperar. Ha ganado un Giro y un Tour, pero para la gente era como si hubiese ganado cinco Giros y cinco Tours. Nunca ha existido un corredor tan emocionante como él”, dice el ya exciclista en la citada entrevista de la edición impresa del diario milanés.
A Pantani no se le quiere por cómo ganaba, sino por cómo intentaba ganar. No todos los ciclistas llegan al corazón. En el espacio reducido del órgano vital, tienen solo espacio aquellos que provocan taquicardias y soplos. “Froome me ha levantado del asiento con un ataque desproporcionado”, dijo nadie nunca. A Pantani no se le veía venir. Dijo una vez Valdano de Messi que “siempre sabes lo que te va a hacer, pero te lo hace igualmente”. El Pirata se ganó el apodo por el pañuelo que se ataba a la cabeza, pero bien le podían haber bautizado por sus triquiñuelas sobre la bici.

Corría según lo que le dictaba el estómago, nunca pensó con claridad, en todos los sentidos, y así acabó como acabó. Como remarca Joan Seguidor en su blog, es “el plus de emoción que por ejemplo dibuja Sagan en sus victorias y derrotas” lo que llega al alma. Peter Sagan puede que no lo gane todo, nunca se vestirá en París con el amarillo del Tour y, sin embargo, trae consigo una legión de incondicionales que le admirarán cuando gane y aún más cuando pierda. Probablemente, si Pantani hubiera ganado más, el mito sería menor. Si no hubiera muerto joven, como el Chava Jiménez, su figura se habría ido difuminando con el paso del tiempo. Morir joven solo tiene una ventaja: nunca envejeces a los ojos del mundo.
A Contador le han salido admiradores y detractores a partes iguales, condición básica por la que se fomentan los mitos. Al contrario que al Pirata, correr con lo que le dicta lo más profundo del intestino y no por los derroteros de su mente le ha reportado más alegrías que desesperanzas. Quizás por ello suponía una decepción observar cómo desde que salió de su sanción por dopaje nunca volvió a pelear por ganar el Tour, sí las otras dos grandes.
“Puede que siempre haya sentido dentro de mí el espíritu de Marco. Siempre he sido un corredor inconformista: mejor arriesgar y perderlo todo intentando ser primero, que aceptar ser segundo. En la Vuelta, después de Andorra, dije en el bus del equipo: ‘Incluso si todo va mal, el podio es asequible. Pero si hay aunque sea una sola oportunidad de ganar la carrera, la quiero aprovechar’. Llegué todos los días muerto a la meta, pero con la satisfacción más grande: el reconocimiento de la gente de mi coraje”, añade Contador.
A la historia pasará incluso más este Contador descerebrado que subía las revoluciones a 70 kilómetros de meta, rompía al líder y se quedaba a dos kilómetros para el final, perdiendo todo el tiempo ganado y cediendo aún más. El Contador de esta última Vuelta, el que trató una y mil veces de alcanzar el podio y que ni con una etapa perfecta en el Angliru pudo obtener. El Contador del fracaso pesará más que el Contador amarillo, rosa y rojo. Nadie recuerda a Pantani de amarillo y rosa. La retina guarda el maillot del Mercatone Uno, el del sufrimiento, el de las locuras.

Fuente: elconfidencial.com